Solía sentarse en la última banqueta del aula, desde donde jamás tomaba apuntes. Le bastaban el programa y la bibliografía necesaria, el resto , coser y cantar, aprobaba con demasiada holgura y nadie sabía como. Sorprendente y enigmática, de atuendos oscuros y cabello alborotado, descuidada y atractiva.
Cada clase era una fiesta para los sentidos. Le encantaba observar cada gesto, deteniéndose sobretodo en las manos, o en los fabulosos dibujos de Alfonso sobre el pupitre, entonces imaginaba, no pasaba ni un día sin ello. Se divertía en Ontología General , identificándose con el aire despistado del profesor. Después, repetía una y otra vez las frases que mas le llenaron, una y otra vez, entonándolas del mismo modo, recreándose en cada sílaba. “¿Por qué el ser y no mas bien la nada?”, bajándola a su mundo mas inmediato, soportando la zafiedad de su padre , la histeria de su madre, el agobio diario que solo encontraba descanso en el turno de tarde, en aquel viaje que hacíamos juntos. “¿Por qué las cosas son del modo que son y no son?” , y callaba asumiendo la determinación a la que se veía abocada ,preguntándose en voz baja solo para si el por qué del por qué, la pregunta que se pregunta y es incapaz de contestarse.
Le costaba mostrarse, darse a los demás, reaccionando con desconcierto al cariño, con recelo patológico, como desconfiando por temor al engaño, por miedo a la burla. Frecuentaba los bancos solitarios del patio, los rincones desnudos de la cafetería, observando desde sus tímidos ojos, haciendo tiempo a la desgracia.
Raras veces conseguimos integrarla, y al hacerlo nos impregnaba con la pureza de su enfoque, desprovista de interés y prejuicios, ingenuamente hermosa. Nadie logró pervertirla y me cuentan que con el paso de los años, el peso de la edad y el desgaste de la vida consiguió por fin romper los lazos que la ataban al terror.
Desde este artículo que Teresa jamás leerá, me congratulo no sabes cuanto, donde quieras que estés.
Cada clase era una fiesta para los sentidos. Le encantaba observar cada gesto, deteniéndose sobretodo en las manos, o en los fabulosos dibujos de Alfonso sobre el pupitre, entonces imaginaba, no pasaba ni un día sin ello. Se divertía en Ontología General , identificándose con el aire despistado del profesor. Después, repetía una y otra vez las frases que mas le llenaron, una y otra vez, entonándolas del mismo modo, recreándose en cada sílaba. “¿Por qué el ser y no mas bien la nada?”, bajándola a su mundo mas inmediato, soportando la zafiedad de su padre , la histeria de su madre, el agobio diario que solo encontraba descanso en el turno de tarde, en aquel viaje que hacíamos juntos. “¿Por qué las cosas son del modo que son y no son?” , y callaba asumiendo la determinación a la que se veía abocada ,preguntándose en voz baja solo para si el por qué del por qué, la pregunta que se pregunta y es incapaz de contestarse.
Le costaba mostrarse, darse a los demás, reaccionando con desconcierto al cariño, con recelo patológico, como desconfiando por temor al engaño, por miedo a la burla. Frecuentaba los bancos solitarios del patio, los rincones desnudos de la cafetería, observando desde sus tímidos ojos, haciendo tiempo a la desgracia.
Raras veces conseguimos integrarla, y al hacerlo nos impregnaba con la pureza de su enfoque, desprovista de interés y prejuicios, ingenuamente hermosa. Nadie logró pervertirla y me cuentan que con el paso de los años, el peso de la edad y el desgaste de la vida consiguió por fin romper los lazos que la ataban al terror.
Desde este artículo que Teresa jamás leerá, me congratulo no sabes cuanto, donde quieras que estés.

