Nací en una familia de porqueros una fría mañana del mes de Enero y llegué al mundo envuelto en las heces fecales de mi madre, en la alcoba mas nauseabunda del caserón.
Mi hermana Juana pronto sirvió en la casa de los Carrizosa, donde además de atender las tareas domésticas mas ordinarias también fue víctima del implantado derecho de pernada. A la edad de dieciocho contrajo matrimonio con el joven cochero de la casa y pronto a través del señor pude yo también ponerme a disposición de Ortega, el bruto capataz de la finca.
En un primer momento me ocupó en las labores de limpieza de los aperos de labranza, y después forme parte en la cuadrilla de hombres. Trabajábamos de sol a sol, con la sola ayuda de un azadón, tardábamos días en completar el latifundio y cuando terminábamos, nuestras manos estaban tan agrietadas y tan llenas de ampollas que debíamos de utilizar un aparatoso vendaje para afrontar el resto de labores.
Nos racionaban bien la comida, y sin llegar a pasar hambre notábamos como insuficiente los dos higos y la hogaza de pan que nos suministraban a medio día. A la hora de comer Don Ernesto solía pasearse con su yegua, pasaba junto a nosotros, con su ligero traje de lino, el sombrero de ala ancha y fusta en mano. Se divertía arrojándonos algo de carne al suelo y se carcajeaba al ver como Manolo el gangoso acudía gateando rápidamente para arrebatarnos los restos.
La refriega llegó una tarde cuando Curro le tomó la iniciativa a Manolo con los pedazos de tocino. El tartajoso avergonzado por el resto de la cuadrilla, guardó los nervios para mejor ocasión y al día siguiente al repetirse la escena se mantuvo al margen. Esperó que el señor desapareciera a galope de su vista y aprovechando que Curro de espaldas a él cortaba el pan para meter el tocino, con la azada, le propinó un fuerte golpe al compañero en la cabeza, abriéndole el cráneo de par en par.
Quedamos perplejos con el incidente y fueron los gritos histéricos de Lozano los que despertaron la curiosidad de Ortega, que acudió con rapidez al lugar de los hechos. Insultándonos y golpeándonos con la machota separó a Manolo del resto, al tiempo que nos obligó a cavar una honda zanja.
Ortega con el rostro endurecido contempló el cadáver maldiciendo lo ocurrido. Se acercó a Manolo que temblaba nerviosamente, enfrentó su mirada a la del gangoso y mientras este le imploraba caridad y clemencia le asestó una puñalada justamente a la altura de la boca del estómago. Manolo se desangraba agónicamente, y Ortega empuñando el arma se volvió hacia nosotros ordenando fríamente, “enterrad a los dos y continuad con el trabajo”.
Mi hermana Juana pronto sirvió en la casa de los Carrizosa, donde además de atender las tareas domésticas mas ordinarias también fue víctima del implantado derecho de pernada. A la edad de dieciocho contrajo matrimonio con el joven cochero de la casa y pronto a través del señor pude yo también ponerme a disposición de Ortega, el bruto capataz de la finca.
En un primer momento me ocupó en las labores de limpieza de los aperos de labranza, y después forme parte en la cuadrilla de hombres. Trabajábamos de sol a sol, con la sola ayuda de un azadón, tardábamos días en completar el latifundio y cuando terminábamos, nuestras manos estaban tan agrietadas y tan llenas de ampollas que debíamos de utilizar un aparatoso vendaje para afrontar el resto de labores.
Nos racionaban bien la comida, y sin llegar a pasar hambre notábamos como insuficiente los dos higos y la hogaza de pan que nos suministraban a medio día. A la hora de comer Don Ernesto solía pasearse con su yegua, pasaba junto a nosotros, con su ligero traje de lino, el sombrero de ala ancha y fusta en mano. Se divertía arrojándonos algo de carne al suelo y se carcajeaba al ver como Manolo el gangoso acudía gateando rápidamente para arrebatarnos los restos.
La refriega llegó una tarde cuando Curro le tomó la iniciativa a Manolo con los pedazos de tocino. El tartajoso avergonzado por el resto de la cuadrilla, guardó los nervios para mejor ocasión y al día siguiente al repetirse la escena se mantuvo al margen. Esperó que el señor desapareciera a galope de su vista y aprovechando que Curro de espaldas a él cortaba el pan para meter el tocino, con la azada, le propinó un fuerte golpe al compañero en la cabeza, abriéndole el cráneo de par en par.
Quedamos perplejos con el incidente y fueron los gritos histéricos de Lozano los que despertaron la curiosidad de Ortega, que acudió con rapidez al lugar de los hechos. Insultándonos y golpeándonos con la machota separó a Manolo del resto, al tiempo que nos obligó a cavar una honda zanja.
Ortega con el rostro endurecido contempló el cadáver maldiciendo lo ocurrido. Se acercó a Manolo que temblaba nerviosamente, enfrentó su mirada a la del gangoso y mientras este le imploraba caridad y clemencia le asestó una puñalada justamente a la altura de la boca del estómago. Manolo se desangraba agónicamente, y Ortega empuñando el arma se volvió hacia nosotros ordenando fríamente, “enterrad a los dos y continuad con el trabajo”.

