Cuando la noche quiso tomaron la menos conveniente de las de las decisiones. Optaron por seguir juntos en la imposibilidad, conociendo de antemano la condena .
Tenía la impresión de sentirse observado por un público exigente, por alguien que con demasiado criterio y bagaje dirigía su atención, esta vez, hacia un actor de escasa improvisación y talento. Cometió el error de haberse creado un personaje algo complicado, y ahora le costaba trabajo sostenerlo en el estreno del amanecer .Desglosaron cada detalle, hasta que las palabras devinieron en ronquidos, en una sucesión larga y grave, en otra suave y armónica, intercalada con brevísimos sonidos semejantes a pequeños suspiros. Arrastrado por la belleza del momento la llegada del día le impedía un sueño profundo y reconfortante, parecía haberse instalado a medio camino de la vigilia y el sueño, intentando alargar los minutos hasta donde fuera posible, retrasando la zozobra al máximo, el inevitable naufragio. No consintió que el despertador sonase y estimó conveniente no acabar aquella escena de sueños imposibles con el estúpido sonido de las palabras. Se levantó a tientas, con el estómago dolorido, oliendo a aguardiente y sudor, volvió sobre sus pasos con los cordones desatados, bajando los peldaños que le separaban de la claridad del día. Miró atrás antes de cerrar la puerta con cuidado y esperando el gesto deseado supo entonces que aquel amanecer no era distinto a los anteriores, tal vez porque con toda seguridad, no sería el último.
Tenía la impresión de sentirse observado por un público exigente, por alguien que con demasiado criterio y bagaje dirigía su atención, esta vez, hacia un actor de escasa improvisación y talento. Cometió el error de haberse creado un personaje algo complicado, y ahora le costaba trabajo sostenerlo en el estreno del amanecer .Desglosaron cada detalle, hasta que las palabras devinieron en ronquidos, en una sucesión larga y grave, en otra suave y armónica, intercalada con brevísimos sonidos semejantes a pequeños suspiros. Arrastrado por la belleza del momento la llegada del día le impedía un sueño profundo y reconfortante, parecía haberse instalado a medio camino de la vigilia y el sueño, intentando alargar los minutos hasta donde fuera posible, retrasando la zozobra al máximo, el inevitable naufragio. No consintió que el despertador sonase y estimó conveniente no acabar aquella escena de sueños imposibles con el estúpido sonido de las palabras. Se levantó a tientas, con el estómago dolorido, oliendo a aguardiente y sudor, volvió sobre sus pasos con los cordones desatados, bajando los peldaños que le separaban de la claridad del día. Miró atrás antes de cerrar la puerta con cuidado y esperando el gesto deseado supo entonces que aquel amanecer no era distinto a los anteriores, tal vez porque con toda seguridad, no sería el último.


