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miércoles, 31 de agosto de 2005
No me proyecto hacia delante, no hay planes de futuro cuando la vida adolece de rumbo. Es descabellado pensar en lo que puede ocurrir al vivir retroalimentandose del pasado. Por eso, la dejadez es una de mis señas de identidad. Igual es esto que lo otro, las consecuencias son idénticas, y no van en cualquier caso a repercutir ulteriormente.
Wroclaw, es un punto de inflexión. No se absolutamente nada de ese lugar al sur de Polonia, ni si quiera se porque tomé la decisión de marchar. Aún así quiero pensar que puede resultar terapéutico y catártico, el ungüento adecuado para tratar esta pesadumbre crónica.
Viajar por viajar siempre me resultó una estupidez de plano. Si no hay una clara motivación, no tiene sentido. La enfermedad, la muerte, visitar remotos amigos, el trabajo, los exámenes en recónditos lugares, esto es, causas que produzcan el efecto obligado de desplazarse de un lugar a otro, si no viajar está de más. Solo hay que recordar la cantidad de chorradas y sandeces que los viajeros románticos del XIX llegaron a soltar sobre Andalucía.
Actualmente todos viajan, entre otras cosas para contarlo, forma parte en cierto modo de esta competición atroz. Seguro que tiene mucho mas encanto y glamour ir a Cancún o a Petra que permanecer en las sórdidas tabernas de los largos veranos, apartando cucarachas y moscas del mostrador. Moscas pegajosas.
La universitaria Wroclaw está en el este de Europa. Allí parece haber terminado un tiempo de clara transición política. Desde la caída del muro, a la desmembración de la unión soviética y del pacto de Varsovia, se ha iniciado un acelerado proceso de occidentalización, en el que se abraza al capitalismo con excesivo entusiasmo. Del mismo modo, nosotros, los hijos de la generación perdida, nacidos en la piel de toro, intentaremos en Wroclaw o en Krakow, como europeos consolidados, romper con el exilio interior que un mal día decidimos tomar, y abrazar por fin, bajo los accidentes de una sonrisa eslava, la felicidad que tanto se retrasa.

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