Sus carnes magras vibraban al igual que el escape, apuraba el pitillo y miraba al fondo de la calle sobre la Guzzi esperando a que el Flaco apareciera volviendo la esquina de Rione Malvacaro con Santo Antonio. La forma de correr le distinguía de los demás, desplazándose zigzaguéante, cortando el aire con las puntas de los pies hacia el interior, tambaleándose levemente, con firmeza, portando el duro balón de cuero marrón bajo el brazo.
Jugaban a las afueras, se retaban con asiduidad las tardes de sábado con el barrio rival, era una forma de ganarse el respeto durante la semana, dando derecho sobre las mujeres ajenas y los locales donde divertirse fuera de la circunscripción. Una manera equitativa de concebir la paz entre arrabales con poco tiempo por delante.
La cancha era un terruño pedregoso al norte de la cuidad, delimitada por unas irregulares líneas de cal y una hilera de matojos silvestres, albergaba los partidos de toda la muchachada, y era preciso reservarla con varios días de antelación. Unos podridos maderos hacían de arco sin larguero y ocasionaban en cada encuentro largas trifulcas sobre la validez del tanteo. El resultado es lo que cuenta, esa cosa tan importante y a la vez tan secundaria en el arte del balompié.
Cuando se echaba el balón al pie marcaba la diferencia, pertenecía a esa pequeña minoría de tipos que encontraban pasillos imposibles donde dirigir el sentido del juego, su visión del partido hacía que todo funcionara como un perfecto engranaje. Balones a los huecos, sombreros y vaselinas, impresionantes recortes con marcajes férreos, una inteligencia sin límites que se manifestaba en todos y cada uno de sus toques. Desgarbado con las medias caídas, la camiseta listada siempre por fuera con el número siete a la espalda, el corte de flequillo sobre la frente, su gran estilo parecía nacer de una inspiración a ráfagas que le poseía por momentos para deshacerse de todos cuantos salían a su alcance.
Aquella tarde tenía como marcador a Roberto, un fornido veinteañero de casi dos metros de estatura con la espalda de un Atlante. En cada lance de juego no se separaba del Flaco, lo marcaba al hombre, persiguiéndolo por todo el campo, agarrándolo por el pantalón cuando le superaba en carrera, sin poder frenarle, impotente siempre ante la velocidad, control y regate de su marca. Roberto era generoso con el juego aunque su misión clara era la destrucción del mismo. Se ofrecía a los compañeros para aliviar la presión del adversario, acompañaba cada jugada de ataque y subía siempre a rematar los saques de esquina sirviéndose de su portentosa altura. El juego aéreo era su verdadera baza y ocasionalmente perforaba la portería contraria con excelentes cabezazos desde fuera del área.
Otra de las virtudes del Flaco era la enorme capacidad persuasiva sobre su marcador. Provocaba hasta conseguir crispar los nervios de su oponente logrando alguna infracción castigada con la expulsión por roja directa. Fingía agresiones inexistentes, se tiraba al suelo simulando duras entradas e insultaba con suavidad al oído de los defensores, recordando sobretodo a sus madres, esposas, hermanas y novias.
El partido de aquel día lluvioso era espeso y transcurría con poco ritmo. El Flaco aparecía poco, pero todos sabían que el era la única baza para romper el empate a cero, era el mas desequilibrante a pesar del barrizal y se limitaba a esperar la llegada de su ocasión. Recibió un centro en diagonal a la altura de la frontal del área, detuvo el balón con el pecho y lo bajó encorvándose para que este cayera justo en el interior de su bota izquierda. Roberto se aproximó para frenar lo que ya era una incursión en el área y el Flaco lo sorteó con un ajustado auto-pase que metió bajo las piernas del fuerte jovenzuelo. El balón tras ser golpeado de rosca va demasiado alto, fuera del alcance del portero pero también lejos de la imaginaria delimitación del arco. El Flaco con aire chulesco se dirigió a Roberto en voz alta, “¡Te la comiste pibe, lo siguiente es el piso!,¡malo que sos pelotudo!”. Le tenía tanta hambre al delgado diablo que fue lo suficientemente inteligente como para contenerse y guardarse la respuesta para mas adelante. No se hizo demorar tras las numerables muestras de talento del pequeño delantero que una y otra vez lo ridiculizaba con caños o movimientos de cintura que provocaban el delirio y los aplausos de los veintidós jugadores.
La burla fructificó minutos mas tarde en forma de doble fractura de tibia y peroné en la disputa de un balón dividido. Roberto cazó al Flaco sirviéndose de sus piernas como si de una segadora se tratase. La pelota salió disparada y tras un fuerte crujido, la tibia del Flaco se tronchó como una rama seca justo al borde de la media luna del área.
En el fútbol como en la vida, se recoge lo sembrado. Muchas veces no cambiamos nuestros designios porque nos acomodamos con la idea que tenemos de nosotros mismos, confiándonos.
Yo que me equivoqué con mi vida y que vivo la de quien se yo, preferiría que a pesar de todo se me considerara en el conjunto, en el trascurso de los noventa minutos, rompiendo piernas, creando juego, con alguna genialidad individual aislada, en mi justa medida. Albergamos un Flaco, pero también un Roberto, un secante que a veces debe de aflorar para cortar de raíz lo que pueda tornarse en una metedura de pata, porque en el fútbol la bola nunca se mancha y en la vida los sentimientos, tampoco.
Jugaban a las afueras, se retaban con asiduidad las tardes de sábado con el barrio rival, era una forma de ganarse el respeto durante la semana, dando derecho sobre las mujeres ajenas y los locales donde divertirse fuera de la circunscripción. Una manera equitativa de concebir la paz entre arrabales con poco tiempo por delante.
La cancha era un terruño pedregoso al norte de la cuidad, delimitada por unas irregulares líneas de cal y una hilera de matojos silvestres, albergaba los partidos de toda la muchachada, y era preciso reservarla con varios días de antelación. Unos podridos maderos hacían de arco sin larguero y ocasionaban en cada encuentro largas trifulcas sobre la validez del tanteo. El resultado es lo que cuenta, esa cosa tan importante y a la vez tan secundaria en el arte del balompié.
Cuando se echaba el balón al pie marcaba la diferencia, pertenecía a esa pequeña minoría de tipos que encontraban pasillos imposibles donde dirigir el sentido del juego, su visión del partido hacía que todo funcionara como un perfecto engranaje. Balones a los huecos, sombreros y vaselinas, impresionantes recortes con marcajes férreos, una inteligencia sin límites que se manifestaba en todos y cada uno de sus toques. Desgarbado con las medias caídas, la camiseta listada siempre por fuera con el número siete a la espalda, el corte de flequillo sobre la frente, su gran estilo parecía nacer de una inspiración a ráfagas que le poseía por momentos para deshacerse de todos cuantos salían a su alcance.
Aquella tarde tenía como marcador a Roberto, un fornido veinteañero de casi dos metros de estatura con la espalda de un Atlante. En cada lance de juego no se separaba del Flaco, lo marcaba al hombre, persiguiéndolo por todo el campo, agarrándolo por el pantalón cuando le superaba en carrera, sin poder frenarle, impotente siempre ante la velocidad, control y regate de su marca. Roberto era generoso con el juego aunque su misión clara era la destrucción del mismo. Se ofrecía a los compañeros para aliviar la presión del adversario, acompañaba cada jugada de ataque y subía siempre a rematar los saques de esquina sirviéndose de su portentosa altura. El juego aéreo era su verdadera baza y ocasionalmente perforaba la portería contraria con excelentes cabezazos desde fuera del área.
Otra de las virtudes del Flaco era la enorme capacidad persuasiva sobre su marcador. Provocaba hasta conseguir crispar los nervios de su oponente logrando alguna infracción castigada con la expulsión por roja directa. Fingía agresiones inexistentes, se tiraba al suelo simulando duras entradas e insultaba con suavidad al oído de los defensores, recordando sobretodo a sus madres, esposas, hermanas y novias.
El partido de aquel día lluvioso era espeso y transcurría con poco ritmo. El Flaco aparecía poco, pero todos sabían que el era la única baza para romper el empate a cero, era el mas desequilibrante a pesar del barrizal y se limitaba a esperar la llegada de su ocasión. Recibió un centro en diagonal a la altura de la frontal del área, detuvo el balón con el pecho y lo bajó encorvándose para que este cayera justo en el interior de su bota izquierda. Roberto se aproximó para frenar lo que ya era una incursión en el área y el Flaco lo sorteó con un ajustado auto-pase que metió bajo las piernas del fuerte jovenzuelo. El balón tras ser golpeado de rosca va demasiado alto, fuera del alcance del portero pero también lejos de la imaginaria delimitación del arco. El Flaco con aire chulesco se dirigió a Roberto en voz alta, “¡Te la comiste pibe, lo siguiente es el piso!,¡malo que sos pelotudo!”. Le tenía tanta hambre al delgado diablo que fue lo suficientemente inteligente como para contenerse y guardarse la respuesta para mas adelante. No se hizo demorar tras las numerables muestras de talento del pequeño delantero que una y otra vez lo ridiculizaba con caños o movimientos de cintura que provocaban el delirio y los aplausos de los veintidós jugadores.
La burla fructificó minutos mas tarde en forma de doble fractura de tibia y peroné en la disputa de un balón dividido. Roberto cazó al Flaco sirviéndose de sus piernas como si de una segadora se tratase. La pelota salió disparada y tras un fuerte crujido, la tibia del Flaco se tronchó como una rama seca justo al borde de la media luna del área.
En el fútbol como en la vida, se recoge lo sembrado. Muchas veces no cambiamos nuestros designios porque nos acomodamos con la idea que tenemos de nosotros mismos, confiándonos.
Yo que me equivoqué con mi vida y que vivo la de quien se yo, preferiría que a pesar de todo se me considerara en el conjunto, en el trascurso de los noventa minutos, rompiendo piernas, creando juego, con alguna genialidad individual aislada, en mi justa medida. Albergamos un Flaco, pero también un Roberto, un secante que a veces debe de aflorar para cortar de raíz lo que pueda tornarse en una metedura de pata, porque en el fútbol la bola nunca se mancha y en la vida los sentimientos, tampoco.

